Todos los cuentos de Nubi: 52 historias ilustradas a mano, cada una en seis idiomas y con narración grabada. Se leen en la app, con o sin conexión, y varias son gratis.

Tina, la pulpita chiquita, quiere hacer todo a la vez con sus ocho bracitos, pero todo se le mezcla y se enreda con ella misma. Cuando respira y hace una cosa por vez, descubre que con calma cada cosita le sale linda.

Rulo, un zorrito, tiene celos del ruiseñor porque todos paran a escuchar su canto lindo… hasta que descubre que él también tiene algo valioso, y que cada uno brilla a su manera.

Un caballito de mar que se peleó con su mejor amigo descubre que animarse a decir perdón cuesta menos que seguir solo.

Tilo amaneció resfriado pero quiere seguir jugando solo, como siempre. Cuando por fin se deja tapar y cuidar por la abuela, descubre que dejarse cuidar también es lindo —y se duerme calentito, sin un solo atchís.

Una tortuguita que nunca llega a tiempo al manantial descubre que esperar el turno es la única manera de ver lo más lindo.

Una ranita tímida descubre que su croac merece sonar — y que animarse a cantarlo la hace liviana y feliz.

Momo es un caracol que sueña con volar como las mariposas, pero por más que salta no despega. Hasta que trepa despacito, despacito, hasta lo más alto de un tallo y descubre que mirar el cielo entero, quieto, también es una manera de volar.

Un erizo que quiere abrazar pero sus púas pinchan descubre que el abrazo sale cuando deja de tener miedo.

Un tren mágico junta estrellitas perdidas en la noche.

Un monito descubre que la montaña entera canta.

Cami no quiere parar de jugar aunque está agotada, y el cansancio le nubla la tarde. Cuando se permite descansar un ratito, descubre que parar también es parte de un buen día.

Un pingüinito que extraña a su papá en el mar aprende que esperar se hace más fácil cuando confiás y te mantenés ocupado.

Martín quiere que su mejor amigo Beni juegue solo con él, y siente celos cuando Beni se hace amigo del nuevo, Lu. Cuando los tres juegan juntos, descubre que querer a alguien más no le saca su lugar.

Bo no quiere dormir todo el invierno: tiene miedo de extrañar el otoño dorado y de que, al despertar, ya no esté. Su mamá le muestra que lo lindo no se pierde —se guarda adentro y vuelve—, y el osito se duerme soñando hojas de oro.

Bola el armadillo empieza mil cosas y nunca termina ninguna: una torre a medias, una cuevita a medias, todo a medio hacer. Cuando decide quedarse con una sola y armarla piedrita por piedrita, descubre la alegría tranquila de terminar.

Una ovejita se asusta del trueno de noche, pero mamá la acurruca y juntas descubren que el ruido más grande se hace chiquitito si respirás despacito.

Un escarabajito que solo no puede empujar una mora gigante descubre que pedir ayuda hace que todo sea más liviano.

Lelo no quiere bañarse: el agua grande lo asusta. Mora quiere dormir abrazada a él, y descubre que a lo nuevo se entra mejor acompañado que empujado.

Una ballena de nubes pasea a los niños por el cielo.

Animarse a salir un pasito, sabiendo que siempre se puede volver.

Un castorcito quiere construir el dique perfecto, pero cada vez que se le derrumba descubre que puede levantarlo un poco mejor.

Un mapachito que guarda su piedra brillante solo para él descubre que compartirla hace que brille más.

Un gansito curioso espera a su hermanito que está por nacer; cuando deja de apurar el tiempo, descubre que esperar con cariño ya es estar juntos —y al final el huevo se abre.

Un tejoncito que prometió cuidar una plantita descubre que cumplir una promesa chiquita, aunque cueste, es el regalo más lindo que podés dar.

La nube más chiquita del cielo quiere ser grande y poderosa como las de tormenta, hasta que una florcita que se marchita al sol le muestra que hay cosas que solo lo pequeño, suave y cercano puede hacer.

Una luciérnaga esconde su luz porque titila distinto a las demás. Un buhito perdido en la noche necesita justo esa luz para volver a casa, y Lumi descubre que su brillo imperfecto era exactamente el que servía.

Una ardilla que puede trepar pero no quiere bajar, y un pajarito que quiere volar pero todavía no puede, descubren que lo que a cada uno le falta se lo presta el otro.

Un pececito le teme a la oscuridad del fondo del mar. Una medusa que brilla sola le enseña que lo oscuro deja de asustar cuando hay alguien al lado.

Un camaleón guarda todos los colores por miedo a mostrarlos. Vera quiere devolverle el color a su jardín y descubre que acompañar logra más que apurar.

Un dragoncito que se queda dormido antes de lanzar fuego.

Un conejito que escucha todo descubre la voz más pequeña del bosque, y aprende que sus orejas no son un problema: son un regalo.

Una nube tiene lluvia pero le da miedo soltarla. Mila aprende que acompañar también es ayudar.

Abi, una abejita apurada, quiere el néctar de la flor más grande… ¡pero cada abeja tiene que esperar su turno! Cuando llega Milo, un saltamontes tranquilo, Abi descubre que mientras espera puede mirar, cantar y jugar: la espera también se disfruta.

Lila la llamita quiere cruzar el río crecido hoy mismo, pero mamá le dice que no, que es peligroso. Después del berrinche, Lila descubre que el día tiene otras cosas lindas y que aceptar un "no" también es crecer.

Un topito que se perdió en la superficie descubre que su nariz y sus oídos siempre saben el camino a casa.

Para que te escuchen, primero hay que aprender a escuchar.

La alegría se comparte, pero a veces hay que acercarse con cariño, no a los gritos.

Emma se mudó a una casa nueva, pero todo es raro y vacío y ella extraña la de antes. Cuando empieza a poner sus cosas queridas en cada rincón, descubre que un hogar se hace con lo que una lleva consigo, no con las paredes.

A veces lo que más querés ya lo tenés al lado.

Lin se despierta tristona sin saber por qué: no le duele nada, no pasó nada malo, y sin embargo tiene un día gris por dentro. Después de intentar animarse sola, descubre que pedir un abrazo no es de chiquitos —es de valientes— y que la tristeza, compartida, se hace chiquita.

A veces la ayuda más linda es la que llega sin que la pidan.

Niní el cisne joven quiere moverse elegante como los grandes, pero se tropieza y se cae. Cuando una cisne grande le cuenta que ella también empezó torpe, Niní deja de apurarse y aprende que la gracia llega con el tiempo.

Un pulpito que se pone rojo de enojo descubre que si espera quietito, la tinta se asienta sola y el agua vuelve a estar clara.

Kuni el koala quiere jugar con un amiguito, pero no se anima a soltar a mamá. Cuando prueba dar unos pasitos y ve que mamá sigue ahí, descubre que separarse un ratito no es perderla.

Un cangrejo ermitaño que creció más que su concha descubre que soltar lo querido no es perderlo, sino hacerle lugar a lo que viene.

Glup el sapito se cree feo y se esconde, seguro de que nadie va a querer un amigo así. Cuando una ranita lo descubre escondido y lo quiere por cómo es, Glup aprende que a alguien no se lo quiere por cómo se ve.

Se acabaron las bellotas y Tico tiene hambre, pero esa fruta morada y rara le da desconfianza. Cuando por fin se anima a una mordidita, descubre un sabor nuevo y delicioso —y que vale la pena probar antes de decir que no.

Pepe el burrito juega feliz con su amiga Pía, pero ella lo empuja a saltar un charco hondo que lo asusta. Cuando Pepe entiende que puede decir "a eso no" sin dejar de ser su amigo, el juego se vuelve lindo de nuevo.

Cora salta de roca en roca sin miedo, pero nunca se anima al gran salto sobre el arroyo. Del otro lado, Pim juega solito y la espera. Cuando Cora deja de mirar el agua y mira a su amigo, encuentra el coraje para saltar.

Llueve y Fofo no puede salir a jugar: el día le parece aburrido y largo. Cuando deja de mirar la ventana y empieza a mirar lo que tiene cerca, descubre que la casa entera puede ser una aventura.

Un zorrito que siente que sobra cuando llega el bebé descubre que el cariño de mamá nunca se achica cuando se reparte.

Fito el hurón rompió sin querer el barquito de su hermano y guarda el secreto. Pero el secreto le pesa cada vez más en la panza, mientras su hermano mira su barco roto sin entender. Cuando Fito se anima a decir la verdad, llega el alivio… y el barquito se arregla entre los dos.
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